Discurso — 30 años del Premio Nacional de Periodismo
Ivette Leonardi
Presidenta del Fórum de Periodistas por las Libertades de Expresión e Información
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Buenas noches a todos.
Hace treinta años, un grupo de visionarios entendió algo fundamental: que el buen periodismo panameño no solo debía ejercerse, sino también elevarse, defenderse y celebrarse.
Y así nació este premio.
Treinta años después, el Fórum de Periodistas vuelve a convocarnos alrededor de una misma certeza: que el periodismo sigue siendo uno de los grandes pilares morales de una democracia.
Debo confesarles que esta noche la emoción me sobrepasa.
Porque hace algunos años yo era una de esas periodistas que postulaba a este premio desde la intensidad cotidiana de una redacción. Una de esas periodistas que miraba esta gala con respeto, con admiración y con esa mezcla de ilusión y vértigo que produce saber que detrás de cada estatuilla no hay solamente una buena historia: hay carácter, hay rigor, hay sacrificio y hay oficio.
Hoy me corresponde presidir esta ceremonia histórica de los 30 años del Premio Nacional de Periodismo, y lo hago con gratitud, con humildad y con plena conciencia del tiempo que nos ha tocado vivir.
Gracias a nuestra Junta Directiva, a la Dirección Ejecutiva, a quienes han sostenido este premio durante tres décadas, y a nuestros patrocinadores y aliados, que comprenden que respaldar al periodismo no es respaldar una industria: es respaldar una democracia.
Gracias también a nuestro jurado internacional: Daniela, de México; Andrés, de Argentina; Luz Mely, de Venezuela; Sergio, de El Salvador; y Fernando, de España. Gracias por ayudarnos con esta noble y difícil tarea: evaluar 146 trabajos, distribuidos en 10 categorías y el Gran Premio Nacional de Periodismo. Cada uno de esos trabajos contiene un pedazo de nuestra historia reciente, una mirada sobre el país, una pregunta incómoda, una verdad necesaria.
Pero esta noche no se trata de nosotros.
Ni del Fórum.
Esta noche pertenece a los periodistas.
A los que viven dentro de una redacción y a quienes han tenido que reinventarse en medios alternativos, sostenidos por su firma, su credibilidad y su independencia.
A los que conocen el sonido de una noticia urgente.
A los que han cerrado ediciones, noticieros… de madrugada mientras la noticia estaba evolucionando.
A los que han sostenido una pregunta incómoda frente al poder.
A los que han tenido que insistir, contrastar, verificar y volver a llamar cuando otros ya habían decidido opinar.
Esta noche pertenece a quienes entienden que el periodismo no es ruido, no es espectáculo, no es consigna y no es simple velocidad.
El periodismo es método.
Es búsqueda.
Es contexto.
Es responsabilidad.
Es la disciplina de mirar donde otros apartan la vista y de contar aquello que una sociedad necesita saber, aunque muchas veces no quiera escucharlo.
Ryszard Kapuscinski, uno de los grandes maestros de este oficio, decía que el periodismo se acaba cuando la noticia se convierte en mercancía. Y también advertía que, para ejercer el periodismo, antes que nada, hay que ser un buen ser humano. Porque solo desde la empatía se puede comprender al otro, escuchar su tragedia, acercarse a su destino y narrar con dignidad aquello que le ocurre.
Esa idea, en tiempos como estos, resulta más urgente que nunca.
Porque ejercer el periodismo en se ha vuelto cada vez más complejo.
No lo decimos desde la queja. Lo decimos desde la evidencia.
La SIP advirtió, hace poco, que la libertad de prensa en Panamá sufre una erosión silenciosa, persistente, marcada por presiones institucionales, económicas y judiciales.
A nivel político y económico, la SIP también ha advertido sobre el uso de la publicidad estatal como mecanismo de presión.
Estas advertencias pueden pasar inadvertida.
Nos obliga a mirar hacia fuera, pero también hacia dentro.
Durante este último año el periodismo panameño no enfrentó desafíos abstractos.
Enfrentó amenazas en el terreno, como ocurrió durante la crisis de Bocas del Toro, cuando periodistas fueron intimidados mientras cumplían con su deber de informar. Y allí quedó claro algo elemental: no se puede exigir visibilidad silenciando a quienes informan.
Enfrentó intentos de censura disfrazados de mecanismos judiciales.
Enfrentó propuestas legislativas capaces de la autonomía editorial y el derecho ciudadano a recibir información.
Enfrentó, además, el deterioro de una frontera ética cada vez más necesaria: la que separa al periodismo profesional de quienes se amparan en cuentas digitales, falsas acreditaciones o supuestas plataformas informativas para intimidar, presionar, extorsionar o destruir reputaciones sin pruebas.
Y es aquí donde aparece un contexto peligroso.
Nunca hubo tantas voces disponibles, tantas plataformas abiertas, tantas posibilidades de publicar. Y, sin embargo, nunca fue tan difícil distinguir entre información y propaganda, entre denuncia y difamación, entre periodismo y simple ruido digital.
Hoy una cuenta anónima puede disfrazarse de medio.
Una acusación sin pruebas puede recorrer el país en segundos.
Una mentira puede instalarse antes de que la verdad logre ponerse los zapatos.
Y una audiencia cansada, indignada o confundida puede terminar creyendo que toda furia es valentía y que todo escándalo es investigación.
Pero no lo es.
El periodismo exige algo más que una pantalla y seguidores. Exige método, calle y archivo. Edición, contraparte y contexto. Exigue responsabilidad jurídica y ética. Exige la valentía de firmar lo que se publica.
Por eso debemos decirlo con claridad: defender el periodismo no es defender a cualquiera que se llame periodista. Es defender un oficio. Es defender una ética. Es defender una forma de servicio público que separa los hechos de las opiniones y que entiende que la verdad verificable importa más que la narrativa que cada quien quiere imponer.
El mundo, además, atraviesa uno de sus momentos más desordenados.
La inteligencia artificial transforma nuestras redacciones y desafía nuestra relación con la verdad. Las guerras vuelven a recordarnos la fragilidad de los derechos humanos. La polarización nos dibuja lo fragiles que somos ante la tolerencias. Y en medio de esa aceleración, las sociedades necesitan algo que el periodismo puede y debe ofrecer: sentido.
Ese es el papel del periodismo en nuestro tiempo: ofrecer puntos cardinales para que la ciudadanía pueda orientarse, comprender y decidir.
Por eso este premio importa.
Importa porque durante treinta años ha reconocido historias que nos retratan como país.
La fotografía que detiene un instante decisivo.
La caricatura que desnuda al poder con inteligencia y humor.
La entrevista que obliga a responder.
La crónica que devuelve humanidad a los datos.
El reportaje que ilumina aquello que algunos preferirían mantener en sombras.
Cada trabajo postulado a este premio es, de alguna manera, una pieza de la memoria democrática de Panamá.
Y conviene recordarlo: sin periodismo no habríamos conocido muchos de los grandes escándalos que han marcado nuestra historia reciente. Sin periodistas no se habrían revelado abusos de poder, conflictos de interés, redes de favores, negligencias públicas ni historias humanas condenadas al silencio.
Treinta años después, el Premio Nacional de Periodismo sigue en pie porque el periodismo panameño sigue en pie.
Con menos recursos, con más presiones, con audiencias fragmentadas, con tecnologías que cambian cada día y con un ecosistema informativo cada vez más agresivo. Pero también con talento, con convicción, con coraje y con periodistas que todavía están seguros que contar bien una historia puede cambiar el rumbo de un país.
Esta noche entregamos premios, sí.
Pero, sobre todo, renovamos un pacto.
Un pacto con la verdad.
Con la ética.
Con la libertad.
Con Panamá.
A quienes postularon, a los ganadores y a quienes mañana volverán silenciosamente a una redacción de diario, a una cabina de radio, a un estudio de televisión o a una redacción improvisada, sin levantar una estatuilla, pero con la misma dignidad de siempre: gracias.
Gracias por insistir.
Gracias por preguntar.
Gracias por narrar este país incluso cuando hacerlo resulta difícil.
Porque mientras haya periodistas dispuestos a contar, habrá ciudadanía con derecho a saber.
Y mientras haya ciudadanía con derecho a saber, habrá democracia que defender.
Muy buenas noches.