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Llama Inmortal ‘La última palabra’

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Llama Inmortal ‘La última palabra’

Fórum de Periodistas
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Un símbolo de sabiduría, una lección de vida. Gaspar Octavio Hernández nació en medio de la pobreza santanera de finales del siglo XIX. En el arrabal, con buco carencia, sin embargo, se sobrepuso a ella, y hoy conmemoramos los 100 años del deceso de una vida de 25 años que sobresalió con pasión arrolladora.

Dolor, tristeza, orfandad, miseria, discriminación por la negritud, excesos. Talento, manos generosas, liderazgos, modernismo, Rubén Darío, Carlos Mendoza, amor por la escritura, bondad. Lecciones de una vida que moldearon un poeta con más de 100 poemas y textos en prosa que retratan aquellos días y años de una república naciente. Fueron siete u ocho años de intenso trabajo de pensar y escribir.

Es grave la responsabilidad y obligación que contraen los periodistas con nuestra sociedad. Fue así a principios de la República, que ha completado 115 años. Y lo había sido antes, desde las vísperas de la independencia de la Corona Española, cuando apareció aquella publicación pionera, La Miscelánea del Istmo, en 1820.

Periodismo y patria se amalgaman en la figura de Gaspar Octavio Hernández. Periodista, de sangre y tinta, y literato de calado, que emergió en la segunda década del siglo XX, en medio del comienzo de la República, la construcción del Canal y los ecos de la Primera Guerra Mundial. Representa esa alianza entre periodismo y patria. Alianza que consagraron los fundadores de La Miscelánea del Istmo, que cumplirá dentro de pocos años su bicentenario, y, de manera particular, Mariano Arosemena, patriarca de la historia y del periodismo patrios.

Desde el inicio de la República hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, el prototipo del periodista era un intelectual dedicado a distintos afanes, incluso la oratoria, el comercio, la política y la literatura.

Como Ricardo Miró y Demetrio Korsi, con quienes interactuó Gaspar. Hasta el propio Sinán, quien empezó su avatar en la década de los años 30. Ambos oficios se complementan, aunque tienen finalidades distintas.

El 13 de noviembre de 1918 cayó abatido por la tisis Gaspar. Hace 100 años. Sobre una máquina de escribir de La Estrella de Panamá, en San Felipe. Era colaborador emergente.

Editorializaba contra los empresarios que habían ignorado los símbolos patrios para adornar las estanterías de las tiendas de la avenida Central. Habían preferido las banderas los países vencedores de la Primera Guerra Mundial, con Estados Unidos en la vanguardia. Fue un panameño excepcional. Con una gallardía y pasión sin iguales. Falleció lleno de juventud, con tanto por delante y con una obra admirable, como esa Alma panameña y Canto a la bandera, que nos han emocionado y emocionan.

El morir sobre una máquina de escribir fue una cruel metáfora de alguien tan comprometido con su oficio de escribir, en lo periodístico y en lo literario.

Ese compromiso que nos legaron nuestros colegas de dos siglos es el que nos corresponde abanderar, en una época de explosión tecnológica, de transformaciones en la forma de comunicar y de un alto reconocimiento de nuestros compatriotas por nuestro oficio/profesión.

En la tolerancia está la raíz del ejercicio profesional. Se respetan las ideas y forma de ser de otras personas, aunque no se compartan. Es el eje de nuestro quehacer, al crear el relato cotidiano, al desarrollar la crónica de la vida, con sus luces, sombras y grises, que es, en esencia, el periodismo.

Por: Rafael Candanedo | La Prensa